Hemeroteca: Cuando la calle se convierte en refugio: una vergüenza compartida”

Recordar para no olvidar. Hace unos años un suceso que ocurrió en Intxaurrondo nos impactó a todos los vecinos. Hasta que punto llega el desespero de una familia que busca un mejor futuro para su hijo.

Está es la historia…

El matrimonio con su hijo recién nacido, en un banco cercano al Hogar del Transeúnte. J. D.

J. PEÑALBA D.V
Jueves, 6 de octubre 2011.

Denuncian que un matrimonio asiático con un recién nacido vive en la calle en Donostia.
Vecinos del barrio de Intxaurrondo prestaron a la pareja ropas y alimentos para que pasaran la noche. Juantxo Domínguez, presidente de la asociación Largantza, pide la intervención de las autoridades

Juantxo Domínguez, presidente de Largantza, Asociación para la Prevención Sectaria, denuncio ayer la situación de desamparo en la que vive un matrimonio de origen asiático en San Sebastián que, según indica, carece de alojamiento y se ve obligado a pernoctar en la calle con un bebé recién nacido.

Domínguez, por medio de un comunicado, reclamó «humanismo» y «solidaridad» para con esta pareja, que, según precisa «lleva durmiendo y viviendo en plena calle en mi ciudad» El presidente de Largantza afirma que el matrimonio se encuentra en la calle desde hace varios días, después de haber permanecido durante aproximadamente un mes bajo la protección de los servicios sociales, «en el Centro del Transeúnte», en el barrio de Intxaurrondo. Añade que agotado este periodo, la familia tuvo que abandonar las instalaciones.
Domínguez, asimismo, precisó que vio por primera vez a la pareja con su bebé el lunes pasado. Explicó que el niño, de apenas unos días de vida, se encontraba tumbado en una sillita, mientras los progenitores permanecían sentados en un banco de la zona de Marrutxipi, a escasos metros del centro de acogida de transeúntes.

Ropa y alimento.
Señaló que la primera noche, vecinos de la zona proporcionaron a la familia ropa de abrigo y algunos alimentos. Al día siguiente, Domínguez volvió a verlos aunque cree que ya no pernoctaron en la zona.
Ayer se encontró de nuevo con ellos en el mismo banco y pudo constatar que seguían sin alojamiento y que por lo tanto seguían durmiendo en la calle. Incluso les hizo una fotografía,
Juantxo Domínguez solicitó en su nota la intervención inmediata de los servicios sociales de la Diputación o del Ayuntamiento de la capital. «Tienen que actuar ya», afirmó, máxime cuando para los próximos días se anuncia un empeoramiento del tiempo. Fuentes del Hogar de Transeúnte, por su parte, indicaron que el centro de Intxaurrondo para adultos no había acogido a ninguna familia, toda vez que dicho servicio no puede albergar a menores.
Asimismo, señalaron que hasta sus instalaciones no había acudido ninguna familia y que de haberlo hecho, la hubiesen derivado al servicio idóneo para las necesidades del matrimonio. No obstante, añadieron que dentro de las mismas instalaciones hay una unidad para familias que, sin embargo, ellos no gestionan.
Por los rasgos físicos, el matrimonio podría ser de origen chino o mongol. Ninguno de ellos habla español y, por lo tanto, la comunicación entre ellos y los vecinos que les han prestado ayuda resultó dificultosa.
«Creo que la pareja ha recibido la ayuda de una persona que, al parecer, estaba en el albergue y hacía las veces de traductora. Desde luego, ellos no saben nada de castellano. Es prácticamente imposible comunicarse con ellos», explicó Juantxo Domínguez a este periódico.
El presidente de Largantza, que en la pasada legislatura fue concejal por el Partido Socialista de Euskadi en Pasaia, cree que el matrimonio ha pasado las dos últimas noches en una zona próxima a la avenida de Ategorrieta.

Hasta aquí la noticia y ahora una reflexión sobre la misma.

El hecho de que un matrimonio con un bebé se viese obligado a dormir en la calle en Intxaurrondo no solo fue alarmante, sino que representó un fallo estructural grave en los mecanismos de protección social. En una sociedad que se precia de ser avanzada y solidaria, resulta inconcebible que una familia con un menor no recibiese una respuesta inmediata por parte de los servicios sociales.

Este caso, que generó estupefacción entre los vecinos —quienes, en muchos casos, fueron los primeros en ofrecer ayuda— evidencia dos cosas: por un lado, la sensibilidad y humanidad del tejido vecinal; y por otro, las grietas institucionales que dejan a personas vulnerables sin apoyo en los momentos más críticos. No se trata solo de una cuestión de alojamiento, sino de dignidad, de derechos humanos, y de la obligación legal y moral de proteger a la infancia.

No podemos permitir que la burocracia, la descoordinación o la falta de recursos sirvan como excusa para mirar hacia otro lado. Este suceso fue una llamada de atención para revisar protocolos, agilizar respuestas y garantizar que, bajo ninguna circunstancia, una familia con un bebé tenga que dormir a la intemperie. Siendo positivos hoy en pleno 2025 algo así creemos que no ocurriría. Los servicios sociales intervendrían de manera rápida ante una situación tan grave como la que hoy hemos recordado

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