Por desgracia, siempre habrá gente incívica que, en lugar de valorar lo que es de todos, se dedique a destrozar lo público. Un ejemplo claro lo vemos con las bicicletas de alquiler del ayuntamiento: un servicio pensado para fomentar una movilidad más sostenible, para que cualquiera pueda moverse fácil, rápido y barato por la ciudad, acaba convertido en blanco del vandalismo de unos pocos.
Lo que para muchos es una alternativa ecológica, cómoda y saludable, para otros parece ser un objeto de diversión para romperlas, arrancar piezas o dejarlas inservibles. Y lo más triste es que esas conductas egoístas no solo dañan una bicicleta, sino que perjudican a toda la ciudadanía, encarecen el mantenimiento del servicio y, en algunos casos, limitan su disponibilidad.
Cuidar lo público debería ser un compromiso colectivo. Porque lo que se destroza en minutos cuesta meses y mucho dinero para reparar, y porque cada bicicleta rota es una oportunidad menos para avanzar hacia una ciudad más sostenible y habitable. Las imágenes que acompañan a este texto lo dicen todo, una bicicleta tirada en la acera del Paseo de Otxoki.


